Q&A: Las Cruces


Por Francisco Álvarez


Chile ha destacado contundentemente en los últimos años por sus grandes estrenos en cuanto cine de no ficción. En el año 2018, se ha sumado a esta gran lista de estrenos el filme Las Cruces de Teresa Arredondo y Carlos Vásquez, quienes nos transportándonos directamente al Chile de 1973, a días después del golpe de Estado, donde se realizó el asesinato de diecinueve trabajadores de una empresa papelera después de haber sido arrestados por participar en movimientos organizados de izquierda. Cuarenta años después, un policía rompe el silencio revelando información sobre la muerte de los diecinueve trabajadores. Sin duda, Las Cruces es un film aborda el difícil y oscuro tema de la dictadura de una manera no convencional; con un muy cuidado tratamiento ético y estético en todos sus aspectos, dotan al filme de gran solides en cuanto fortaleza, denuncia y confrontación. Tuvimos una conversación con Teresa y Carlos para indagar más sobre su película.


Teresa y Carlos, han decidido componer los planos con mucha distancia y los han dotado de una duración dilatada. Dicha composición visual es acompañada por los dolorosos testimonios de la carpeta judicial del caso, narrados en off por pobladores del sector. La conjugación narrativa y el ejercicio de montaje dialéctico que proponen, permiten al espectador reconstruir los hechos fuera de cuadro y a la vez, -realizando un efecto de cierta suturación temporal permite que el pasado persista en las imágenes del presente, como si estuviese atrapado en ellas. Quisiera que nos comenten sobre su proceso de investigación del caso, y ¿cómo se encaminaron para tomar las decisiones que han construido su propuesta?


Teresa Arredondo y Carlos Vásquez: Nos enteramos del caso hace varios años por un reportaje que publicó la revista chilena de investigación CIPER. Al leerlo, nos impresionaron muchísimo las confesiones de los policías implicados, se trataba de confesiones muy crudas y detalladas que por momentos resultaban difíciles de leer. En ellas ya se podía ver la repetición de lugares y momentos de esta dolorosa historia.


Una vez que decidimos hacer la película, empezó el proceso de investigación que fue bastante largo sobre todo por la cantidad de material al que tuvimos acceso, principalmente material de la carpeta judicial, acumulado durante décadas. Algo que nos motivó desde el principio fue hablar de la participación de civiles en la dictadura y de cómo fueron cómplices de los militares.

Las primeras decisiones, y que finalmente dieron forma a la película, fueron la de trabajar sólo con material de la carpeta judicial y registrar imágenes del presente de Laja y San Rosendo, los pueblos de donde eran los ejecutados y donde estuvieron presos antes de que los asesinaran.


Los viajes que hicimos para conocer el lugar y a los familiares de los ejecutados, quienes fueron un apoyo fundamental para la realización de la película, también nos ayudaron para tomar decisiones éticas, narrativas y estéticas.


El único material de archivo visual usado es el registro de varios documentos que pertenecen la carpeta judicial del caso, los cuales son presentados a colores invertidos, con crudeza y oscuridad. Por otro lado, los pobladores de Laja leen archivos del caso, pero solo se los escucha en off, una decisión que atenúa la crudeza del testimonio.Usualmente los filmes que abordan los hechos de la dictadura son mucho más exponenciales y cercanos, basándose en la imagen de archivo con insistencia.¿Qué los llevo a tratar su filme tomando distancia de esta convención sobre el uso del archivo, apostando a un tratamiento que persiste en la distancia, el tiempo y la atenuación?


T.A y C.V:  Principalmente porque ponemos en duda esta especie de fiebre del archivo, como le llamaba Derrida, que atraviesa el cine y el arte contemporáneo. Con esta película desplegamos sobre la pantalla documentos que la justicia utiliza en su tarea de esclarecer los hechos investigados, pero en la manera en que los estructuramos o los ponemos en relación, ponemos un signo de interrogación en la retórica, la forma y las convenciones con las que esta escribe la historia oficial y pone el punto final. El mismo hecho de que los testimonios, las confesiones y las indagaciones vayan cambiando a lo largo de estas cuatro décadas que ha durado el caso, demuestra la fragilidad de la base que sustenta los discursos de verdad y de justicia.


Hablar de los terribles hechos dictadura nunca será fácil. ¿Para ustedes, cual es el sentido de volver sobre los hechos de la dictadura? ¿Las Cruces también habla sobre la impunidad?


T.A y C.V: Para nosotros la violación de derechos humanos no será nunca un tema acabado, del que se haya hablado lo suficiente o del que se haya discutido lo necesario. Pensamos que el trabajo con y sobre la memoria es fundamental para cualquier sociedad. Si a esto le sumamos el hecho de que los familiares de este caso (y muchos otros, no sólo en nuestro país) siguen sin encontrar justicia, que el caso sigue abierto sin que haya aún un solo condenado por esta matanza, resulta evidente que no es un tema del pasado. Las Cruces habla de la impunidad, de la impunidad de militares y policías, pero también de la impunidad de los civiles que apoyaron y fueron cómplices de la dictadura, un tema del que aún hoy se habla poco en Chile y del que deberíamos hacernos cargo como sociedad.


Por otro lado,  creemos que el pasado no es posible de ser representado, sobretodo si nos referimos a la memoria histórica, es decir, una memoria cargada de dolor. Nuestra película nace de una necesidad y de un intento de alejarse de la forma de representar el dolor y el pasado en Chile, a través del cine, de los medios o del arte. Nosotros crecimos con esos referentes que fueron necesarios y valiosos pero hoy necesitamos contestar otras preguntas, debatir sobre otras cuestiones.


El horror de aquellos sucesos traumáticos aún permanece no solo en los vestigios que el tiempo deja a su paso, también ha quedado depositado en las personas que están vinculadas emocional y vivencialmente a las víctimas, a los olvidados, a los vencidos. Ese eco de la historia aún resuena en el paisaje sureño, que en su supuesta apariencia apacible y bucólica, esconde un cúmulo de barbaridades cometidas desde la conquista hasta el día de hoy, pasando por formación de la República, por el neocolonialismo, el extractivismo y la explotación de los recursos naturales, a través de innumerables abusos de los derechos fundamentales de las personas, lo que incluye su tortura, muerte y desaparición. El paisaje chileno está repleto de estás historias silenciadas, veladas, olvidadas y creemos que es nuestra tarea como artistas poner un foco en ellas.


Creemos importante preguntarnos sobre el mal, sobre la banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt cuando asistió al juicio a Eichmann en Jerusalem, algunos de esos carabineros eran jóvenes de la zona, conocían a las víctimas, a sus familias y cuando tuvieron repentinamente el poder debido al Golpe y la supuesta impunidad con que operaron los uniformados, en esas personas se activó una suerte de crueldad e inhumanidad incomprensible, absurda y horrenda. Ellos eran vecinos, hijos, padres, hermanos, funcionarios públicos, y de un momento a otro se transformaron en seres monstruosos.


Después de su experiencia con Las Cruces ¿Hacía donde piensan que va la política del cine en Latinoamérica?


T.A y C.V: Nos interesa seguir una línea del cine más vinculada al arte, con esto queremos decir que nos interesa movernos en un territorio que nos presente otras posibilidades al momento de formalizar nuestras ideas, a manejar diferentes lenguajes para crear imágenes, otros modos de producir, diversas maneras de representar. El cine es industria, y eso se siente, restringe y oprime todo el tiempo. Por ejemplo, el hecho de que hayamos hecho la película con material fílmico, es una decisión estética pero determinada siempre por una ética. No es un apriorismo como sí lo puede ser en algunos casos usar la última tecnología disponible al momento de rodar. Ese posicionamiento político, ese compromiso o resistencia a las imposiciones del mercado, nos parece importante. Gran parte del cine contemporáneo es pura mímesis de patrones discursivos legitimados por los círculos de poder: el cine de autor, el cine político, el cine “indie”, etc, muchas veces se constituyen y validan desde esos discursos.


Vemos que muchas veces los jóvenes cineastas prefieren adecuarse a los estándares que rebelarse a las convenciones. Eso nos parece antinatural, y puede llegar a significar una suerte de derrota del espíritu.


¿Hay algo que no les hemos preguntado y quisieran comentar?


Mientras no haya justicia, ni perdón ni olvido.