Notas sobre el cine


Por Scott Barley.

Traducido por Jean-Jacques Martinod.


La oscuridad siempre ha sido un prerrequisito para realmente entrar en el mundo de la pantalla, y su importancia en conceder resonancia experiencial no puede ser exagerada. En el auditorio, las luces se apagan. Esperamos en el cuarto oscurecido para que un mundo de luz se abra ante nosotros y, mientras nuestro cuerpo pueda mantenerse en su asiento, la esencia incorporeal dentro de todos nosotros camina hacia la luz parpadeante, embrujándola, a lo que ella nos embruja también. Nuestras almas se invierten, buscan con curiosidad y con hambre en los sonidos e imágenes. El Cine es una simbiosis de embrujos. Entramos en él como él entra en nosotros. Entrar en el mundo de una película es algo muy espectral. Realmente entregarse a la experiencia del cine es como dejar que las olas del océano choquen sobre uno sin uno tener miedo de ahogarse. Estar en esa oscuridad y dejar que la película nos envuelva y penetre es la definición misma de la rendición. Darse a sí mismo, darse a lo otro.

La fuerza del cine también puede ser su debilidad. Con tanta fuerza del cine proviniendo de su distinción única en las artes como la bastardización de dos artes –imagen y sonido– creando escenarios audiovisuales vívidos, donde por lo general no hay suficiente espacio para que el espectador sueñe, imagine, y cuestione. La oscuridad, la ofuscación –ambas visuales y metafóricas– pueden asistir en crear un ambiente donde la imaginación de uno puede coexistir y armonizar con el cuerpo de la película, y crear una experiencia absolutamente única, polisémica, para cada individuo, cumpliendo así la simbiosis.

La oscuridad es una textura, un velo místico, una retaguardia inmaterial. Es los bosques desde donde todo entra y sale. En algún momento u otro por lo menos por un instante hemos sentido como que si hemos visto algo pasando a través de ese velo, donde hemos visto fijamente dentro de la oscuridad profunda –verdadera oscuridad– y sentido nuestros nervios ópticos empujados hasta el límite, viendo extrañas luces emanando, bailando, desde la nada aparente, más allá de la barrera de nuestra visión, nunca seguro si es tu ojo u otra cosa parte de nosotros, dentro de nosotros, sin embargo desconocido, permitiéndonos ser testigos de ello. La oscuridad permite que el ojo de nuestra mente se abra, que nuestra imaginación deambule. Calibra y nutre nuestra relación con nuestro cuerpo, nuestros sentidos, y ese paisaje más allá de nosotros. Yo quiero crear un mundo que nuevamente haga del mundo conocido algo desconocido, permitiendo que el frágil y profundamente intenso pulso de curiosidad infantil que late dentro de nosotros tome posesión nuevamente. La oscuridad nos permite rendirnos a ese misterio, a esa maravilla, nadar en ella, y reclamar nuestra profunda e incluso paradójica relación con nosotros mismos y todo eso que yace más allá de nosotros; sin el miedo de ahogarse en ese pozo infinito.

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Como cineastas - genuinos cineastas - no debemos tener miedo de aventurarnos hacia dentro de eso que es considerado inexpresible, eso que no puede ser dicho en palabras, pero que en lugar emerge sólo en sueños, de crear un cine que pase más allá de figuraciones, más allá del objeto, y que en lugar rinda la liminalidad entre la luz y la oscuridad en sí misma como su propio sujeto, que expresa y experiencia el peso de eso que es conocido y desconocido a nosotros mismos. Lo desconocido debe ser nuestra luz, nuestro señuelo, nuestra guía para perseguir nuevas imágenes, nuevos sonidos, nuevas ideas, y que debemos de temerlo; pero debemos someternos a ese miedo. No estás haciendo nada que valga la pena si no sientes ese miedo.

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Como esas apariciones que acechan, que bailan con nosotros, que nos desarman, que incluso nos seducen a lo que giramos nuestros cuellos y vemos detrás hacia el camino que vamos pisando, hacia la oscuridad, más allá de los árboles, yo también, quiero desarmar, seducir haciendo lo invisible visible. Quiero seducir a través de la ofuscación, verdadera ofuscación, sugerir el más allá, una liminalidad sospechosamente encapuchada dentro del ‘fuscus’. Oscuridad donde todo funciona. Donde todas las manos y pies funcionen. La oscuridad es siempre prepotente. Y la oscuridad es siempre hambrienta. Quiere su comida. Y a veces, ella devora.

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La ciencia ha comprobado que literalmente somos hechos de polvo estelar. Podemos ver –con asombro– el cielo nocturno. Por la distancia que debe viajar la luz, vislumbrar las estrellas es ver de vuelta al tiempo en sí mismo. Ese infinito pozo negro es una catedral llena de fantasmas; los fantasmas de las estrellas...estrellas que en algunas casos ya no existen – esas mismas estrellas de las que estamos hechos. Es como un fósil –pero también un reflejo. Quizás no tengamos más propósito que algún día volver, pasar a través de ese espejo, y re-unificarnos con esas estrellas que nos engendraron. Volvernos Enteros –nuevamente.

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No le temas a las imágenes. Teme a las palabras: al diálogo. Cine no es literatura. Literatura es literatura. Cine no es teatro. Teatro es teatro. Tu eres cineasta, y tu vocabulario es vasto, infinito –cualquier imagen, cualquier sonido, y cualquier combinación. Palabras conjuran imágenes. Si la imagen ya existe entonces no queda nada por conjurar. Existe. Deja que respire. Si es fuerte puede respirar por sí misma. Permite que su fuerza se pose sobre su propia vulnerabilidad. Permite que revele su vulnerabilidad. Si utilizamos demasiadas palabras en el cine, solo las estamos utilizando para auxiliar imágenes débiles, o para conquistar una imagen. Como cineastas somos magos, y no debería de haber interés por conquistar nada.

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El cine es nosotros, viendo dentro de un espejo temblante. Es una vida que baila, escondida detrás de los árboles, más allá del horizonte. El cine no es nuestra construcción. El cine es nosotros – deconstruidos.

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Volamos sobre una lágrima en la imagen, un océano. Escuchamos el viento cantando. Y después una nada perenne. El cine de un prisionero. La película en nuestros párpados. El parpadeo del proyector. Una pantalla negra de una nada sonora. Somos nada dentro de nada. Nuestra oscuridad interior nada en la oscuridad. Un anillo silencioso. Vamos a la deriva, agarrados dentro de ella; la cámara del eco dentro de nuestro cuerpo, gritando y escuchando nada más que sus propios y silenciosos aullidos desgarradores. El cine es vida, dentro y fuera de nosotros.

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Como dijo Emil Cioran, “Escribe libros solo si dentro de ellos vas a escribir cosas que tu nunca le confiarías a nadie”. Lo mismo aplica en el cine. Yo le agregaría, le pones a tu trabajo lo que incluso nunca te atreverías en confiar a ti mismo, o incluso tratar de comprender. No es una desvelación o un “torrente” de lógica, no es más que un diluvio de puro e inalterado sentimiento; sintiéndose solo. Y el sentimiento puro no puede y no debería ser traducido a pensamiento racional.

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Para mi la esencia pura del cine no es simplemente la de animar. Sino más bien des-animar.

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Yo siempre comienzo una película casi como uno llevaría un diario. No tengo idea, o agenda, de hacer una película. Simplemente documento. Filmo lo que me atrae, cosas al azar, animales, variaciones de luz, el agua, las estrellas; simplemente lo que me atrae en días diferentes, en noches diferentes, en lugares diferentes. Una vez que he construído una base de imágenes comienzo a ver las conexiones. Estos pedazos de imágenes pueden haber sido recolectados a través de meses e incluso años de diferencia – y millas de diferencia también. Como en Hunter (2015) hay secuencias en Sleep Has Her House (2017) que están compuestas de tomas filmadas en dos países distintos que luego son suturadas invisiblemente. Éstas conexiones de diferentes pedazos de material ocurren orgánicamente. Nunca fuerzo las conexiones. Nunca fuerzo una película cuando no viene. Las películas me encuentran – no de otra manera. Cuando cobran vida y comienzan a retorcerse, yo simplemente me agarro. Todas mis películas han sido hechas de esta manera. Algunas ocurren más rápidamente que otras. Una vez que las conexiones han sido establecidas, una narrativa - a través de imágenes - comienza a germinar.

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Yo creo que la internet tiene un rol cardinal en derrumbar las barreras de censura socio-política y elitismo económico que previenen que muchas personas accedan a las artes, la información, y la verdad. Un artista necesita ser remunerado, pero también el trabajo de un artista debe ser accesible para todos aquellos que lo buscan.

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La realidad de la sensación viene primero. La lógica viene después. En esos momentos de la cámara convirtiéndose en cuerpo, nosotros, el espectador, asume el cuerpo del protagonista. Nosotros albergamos la pantalla. Nosotros embrujamos el fantasma de la imagen. Nosotros engalanamos el avatar impregnado en la imagen. Nosotros nos continuamos a nosotros mismos fuera de nosotros mismos, y con eso, nos deshacemos de la imagen. Se fractura. Nos convertimos en la vibración misma de la realidad de la imagen; una realidad espectral que está en flujo aglutinado con nuestra propia realidad.

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Ser real es forjar. Ser real es engañar. El cine es real porque engaña; es forjado. Para convertirse en realidad, debemos primero engañarnos a nosotros mismos, y una vez más, convertirse en animal. El animal es lo que vemos en la pantalla.

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¿Qúe es más real que nuestro ser sin adulteración, nuestro ser innato? A través de la historia del Cine, la definición de un cine realista ha sido estorbada por un criterio condenativamente estrecho. Películas que han alcanzado el “grado” son casi siempre sobre circunstancias socio-políticas. Sin importar que tan importante o bien hechas están, estas exploraciones ¿no están simplemente preocupadas con construcciones hechas por el hombre, artificiales, del mismo exceso humano; demasiadas veces plagadas por un diluvio de verosimilitudes espurias? Si es así, ¿puede realmente considerarse realidad auténtica? La tabula rasa es incivilizada. Ella caza. Ella folla. Ella grita. Ella tiembla...¿Qué puede ser más auténtico que nuestro propio ser innato?


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